Desde que pasó la feria he estado esperando este momento de escribirte con muchas ganas y ansias. Sentía en las tripas una necesidad imperante de contarte todo lo que viví porque el aprendizaje que he capitalizado te puedo asegurar que no tiene precio.

Quiero compartirlo con vos porque así como yo he podido abrir nuevos caminos y ventanas gracias al corazón abierto, dispuesto y generoso de los demás, quizás con estas palabras pueda contribuir a que las semillitas que están en tu interior reciban una gota de agua que les permita germinar.

Nunca había participado en una feria, al menos no para ofrecer mis productos y mis servicios. Lo había hecho para las empresas en las que he trabajado, pero no para mi proyecto personal. Y te preguntarás ¿Cuál es la diferencia? Y te diría que todo, al menos para mí.

Las semanas y los días pasaron volados preparando todo y creeme que fueron muchísimas las cosas que había que hacer.

Cuando llegó el día, monté el stand, coloqué mis productos, mis tarjetas, las cositas para degustar y cuando el ruido arrollador del “hacer” cesó, sentí un vacío profundo y un miedo que me heló. Estaba allí parada sintiéndome más sola que la una con dos jornadas por delante que no sabía cómo afrontarlas y con la sensación interna de que no podría. El terror era tal que quería salir corriendo, quería llorar, quería ir al baño y todo en el mismo acto. Pero ahí estaba parada cual estatua de hielo sin siquiera pestañear como los mangas japoneses.

Algo en mí hizo click y me dije “Laura, otras veces has ofrecido productos y servicios en los que ni siquiera creías, esto lo creaste vos así que aprovecha la oportunidad y permitite experimentar, que si la cagas no pasa nada.” 

Y mientras hablaba con mi yo interna empezaron a llegar mensajes y llamadas de personas cercanas y amigos con palabras de aliento. Y cuando me preguntaron cómo me sentía ¡dije la verdad! “Estoy cagada de miedo”

Y te parecerá obvio, pero al decir mi verdad y expresar cómo me sentía las personas cambiaron sus cursos de acción: vinieron a visitarme, me dieron una mano en los talleres, me ayudaron a que me soltara y a que el hielo se derritiera para que pudiera surgir lo que habita en mí debajo del glaciar con el que a veces me abrigo.

Necesitar de las personas que yo quiero y me quieren y confiar en que podían estar a mi lado parecía algo arriesgado por el miedo interno a que eligieran “no estar” y entonces sentirme rechazada. Sin embargo no hizo falta más que mi sinceridad para darles espacio y que así pudieran hacer algo por mí, haciéndome dar cuenta que no estaba sola ni tenía por qué estarlo.

Gracias a toda esta fuerza, mi confianza se animó a habitarme y desde ahí pude ofrecer mis productos y servicios recibiendo con alegría los halagos, la cara de sorpresa de las personas, las ideas, los comentarios, las críticas constructivas y las propuestas.

Porque me animé a atravesar el miedo, y soltar el control de querer hacerlo todo yo sola, los ojos con que empecé a ver y vivir la feria cambiaron; se acercaron expositores, visitantes y asistentes de los talleres que impartí con las mismas características: generosos y de gran corazón. Lo que reafirma que si nosotros cambiamos, todo cambia.

Me he dado cuenta al compartir con otros, que la elección que tomé hace dos años de alimentarme de una manera saludable y que es hoy para mí un estilo de vida, para otras personas puede ser de gran ayuda y tiene un valor que yo no se lo estaba dando. Lo que me ha hecho reflexionar sobre lo mucho que me cuesta darle valor a lo que genero y produzco. Por eso al interactuar en los talleres, me ocupé de atesorar cada mirada de sorpresa, cada descubrimiento que hacían en relación a ingredientes que nunca habían usado, cada pregunta que los asaltaba por sorpresa, cada inquietud… todas esas chispitas las necesitaba para encender nuevamente mi fuego interno de confianza y de creer en mi.

Como te decía al principio, este aprendizaje no tiene precio. Y también sé que para capitalizarlo había que vivir la experiencia de primera mano, te lo pueden contar como estoy haciendo yo en este momento, pero hasta que no lo vivas y atravieses por tu cuerpo y tus emociones no experimentarás esta especie de sabor dulce y energía vital que me recorre de la punta de los pelos a la punta de los pies.

Este ha sido para mí un gran salto de fe y confianza en mi misma, y hoy puedo decirte que apostar por uno mismo siempre vale la pena.

En un post anterior hablaba sobre mi aprendizaje en apuntarme a correr una carrera de 5 km, y aunque son diferentes las actividades, estas palabras que escribí entonces hoy también cobran sentido:

“He empezado a creer en mí de una manera diferente, porque sé que si he podido dar este paso las cosas IMPOSIBLES han dejado de existir y serán POSIBLES cuando yo no sólo lo disponga sino me ponga manos a la obra.”

¿También te paralizas ante el miedo? ¿Cómo has salido de esas situaciones?

Te leo en comentarios,

Laura