Esta es mi Historia

La comida siempre fue el centro de mi vida, y hoy después de 38 años me he dado cuenta de ello.

Cuando digo que era el centro no sólo me refiero a que jugaba a la “cocinita” con ollas, barro, hojas y flores sino que la alimentación y la nutrición en todos sus aspectos han sido conceptos que me han atravesado como persona desde que era un bebé.

Hasta hace apenas cuatro años no había reparado en cuanto tenía que ver mi alimentación con quien era en la actualidad y con la persona que había sido todos estos años.

Empecé a explorar cómo había sido mi primer contacto con el alimento, con esa tan necesitada leche materna a la cual no tuve acceso.

A recordar mis tiempos de preadolescente donde mi peso estaba por encima de lo que el entorno dictaba y como eso me marginaba y hacía sufrir.

Como empecé a creerme que si no podía controlar el entorno entonces podía controlar lo que comía o no comía, pasando períodos de bulimia y anorexia de manera constante.

Y ya un poco más mayor, la comida era como una especie de tortura, contar calorías, pasar mil horas en el gimnasio, rogar porque el jean no me apretara más de lo normal, cero disfrute, cero goce, cero soltar el control.

Haciendo un recorrido consciente de todo este camino transitado y con un problema serio de tiroides de por medio, una idea me empezó a rondar por mi cabeza, quizás algo que había quedado perdido entre tanto kilómetro desandado, y era que para recobrar la salud había algo que podía hacer desde lo más simple y cotidiano.

Estaba convencida que la alimentación, la escucha de la sintomatología del cuerpo, las emociones y el movimiento trabajados en conjunto podían reestablecer el equilibrio interno de mi cuerpo.

Por desconfianza en mi intuición principalmente, acudí a varios nutricionistas tradicionales, de los que te pesan, te mandan un listado de las cosas que se pueden comer y de las que no, te miden el índice de grasa corporal, etc. y la experiencia no fue satisfactoria. Bajaba de peso, sí, pero también aumentaba mi obsesión por la comida: pesando cada gramo, pensando en lo que marcaría la balanza, sufriendo si tenía que ir a algún sitio.

Y todo esto no lo veía normal básicamente porque no me hacía sentir bien y no era feliz.

Abandoné todo y empecé a leer por mi cuenta la relación entre las emociones y la nutrición, cómo cada mínima cosita importa: dónde trabajemos, el entorno que tengamos, los alimentos que ingerimos y de dónde provienen, cuánto descansemos, el ritmo de vida que llevemos, las actividades que realicemos, la pareja que elijamos; porque todo eso nos nutre a cada momento.

Antes de que surgiera Canela & Coco, comencé a experimentar y a jugar en la cocina proponiéndome como base incorporar alimentos verdaderos y disfrutar de lo que hacía, recordándome a cada momento que esto formaba parte de lo que luego sería “mi alimento”, olvidándome poco a poco de las calorías, de las cantidades y de los pesos.

Por primera vez en mi vida podía sentarme a comer con gozo, con disfrute y sabiendo que ese alimento formaría parte de mi estado de salud.

Este proceso a mí me ha servido para comprender que la alimentación es una decisión personal, pero que está íntimamente relacionada con nuestra salud y con cómo nos sentimos.

Mi manera de alimentarme va alineada a un planteamiento evolutivo de la nutrición, porque resuena dentro mío y es lo que hoy me funciona.

Creo en la cocina que incluye, que puede ser disfrutada y compartida, lejos de corrientes, estereotipos y etiquetas.

  • He redescubierto que cocinar me encanta.
  • Que me la paso en grande de la misma forma que disfrutaba cuando era chiquita.
  • Que sólo yo soy responsable de mi alimentación y de lo que me nutre.
  • Que los placeres en mi vida pasan por ser consciente a cada momento de quién soy y por lo
    tanto por las elecciones que hago.
  • Que comer cosas ricas y saludables siempre es posible si me lo propongo.
  • Y que jugar en la cocina y experimentar con cosas nuevas me devuelve la creatividad y me hace
    feliz.

La comida siempre fue el centro de mi vida.
Hoy después de 38 años me he dado cuenta de ello, y SOY FELIZ.

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