En casa siempre hemos sido de festejar las Fiestas de Fin de Año como si no hubiese un mañana.

El mínimo de asistencia: 20 alrededor de la mesa, y después de las 12 de la noche se sumaban amigos y conocidos. Total que se montaba un fiestón de más de 30 personas en un momentito.

Desde hace 10 años vivo en España y no siempre he podido viajar para las fiestas, por lo que he pasado la mayoría de los fines de año en solitario anhelando esas juntadas con la FAMILIA UNITA, creyendo que eso era genial.

Sin embargo, hace 5 años puse patas para arriba todas mis creencias y me di cuenta que no me había parado a pensar cuánto de verdad había en esos encuentros.

Cuando digo VERDAD me refiero a deseo genuino, a esa mesa donde vibras en la misma sintonía con las personas que tienes al lado. Personas a las que quieres con el corazón repleto y a las que añoras.

Y me di cuenta que había elegido estar presente en reuniones donde mi ser no era el protagonista, sino el “compromiso”, el “no saber decir no” y el “agradar a otros”.

En estos contextos la comida y la bebida abundaba, porque eran los agujeros negros donde ahogábamos nuestras penas. Donde compensábamos el habernos traicionado, diciendo sí cuando a gritos hubiésemos preferido decir que no.

Escucho a muchas familias con líos de dónde pasarla, qué ponerse, qué comer, quién cocina, quiénes van a ir porque no todos se hablan. Y en esos contextos, a pesar de todo, se juntan sabiendo que el aire que se respirará no será el más relajado y de disfrute, volcando las frustraciones en comida y bebida. Mucha y abundante que mitigue la angustia.

¿Y sabes qué? No sólo nos nutrimos de lo que ingerimos, sino del ambiente donde estamos, las palabras que compartimos y los deseos que anhelamos para nosotros y para los demás.

Mi invitación de hoy es que pares un segundo el mundo, te bajes de él y te des permiso para decidir con quién quieres compartir tu tiempo, tus sonrisas, unas palabras y un espacio de conexión genuino.

Cierra los ojos, escucha tu corazón y proponte elegir una nueva forma de cerrar este año y comenzar el siguiente.

A día de hoy, con mi pareja hemos establecido una nueva forma de celebración: una fiesta la pasamos en familia y la otra nos vamos los dos de viaje a disfrutar y celebrar el estar juntos.

Es la forma que encontramos de conciliar nuestras vidas familiares y es la que siento nos permite celebrar a pulso de corazón.

Estas fiestas festejaremos aquí en Argentina con mis hermanos y mis padres.

¿Sabes en qué se diferencia este encuentro de otros anteriores?

En que hemos puesto la verdad sobre la mesa en muchos asuntos familiares pendientes. Nos hemos visto a los ojos y hemos hablado de viejas heridas. Nos hemos desarmado para volvernos a armar con la verdad en la base. La comida hoy ya no llena un vacío, sino que es un integrante más del encuentro.

Y aunque hoy mi vieja, que también tiene el poder de organizarlo todo como yo, ande preguntando ¿Qué vamos a comer en Navidad? Sabemos que la comida es lo de menos, porque nos reuniremos en círculo a compartir, a abrazarnos con el corazón, a celebrar la vida que nos habita y la vida de una sobri que viene en camino y bailaremos la verdad que tanto daño nos ha causado pero que nos ha hecho libres.

De verdad, para el mundo un segundo. Tienes ese permiso.

Regálate un cierre de año por todo lo alto, escuchando lo que tu voz interna te pida.

Estoy segura que encontrarás la que resuene con quien eres y con tu familia.

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