Tres mujeres que al parecer eran compañeras de trabajo venían hablando acerca de algo que llamó mi atención, no tanto porque yo sea una chismosa sino porque como siempre hay algo de todo lo que comentan que resuena dentro de mi historia.

Otra compañera de trabajo estaba por casarse y al parecer se le había puesto que estaba un poco excedida de peso (según quien?? Me pregunto yo) y por eso había decidido basar su dieta en no comer casi nada y beber infusiones y té a todas horas.

“Así es la cara de amargada y mala hostia que tiene” decía una de ellas… a lo que la otra replicaba “al casamiento llegará más delgada pero con una cara de espinaca pasada que te mueres” A raíz de lo cual comenzaron a hablar de tallas y de cánones de belleza impuestos.

Yo retrocedí unos años atrás y comencé a recordar el ir a las tiendas a comprar un jean o un pantalón y sufrir antes, durante y después.

  • Antes de ir de compras porque iba con la idea super inflexible que debía caber en la talla 38 y que no valía ninguna otra numeración, porque si no me entraba parecía que mi yo (puesto en la aprobación de los demás) se desdibujaba.
  • Durante porque era probarme uno y otro modelo ante los ojos de juez de la vendedora que era quien, según yo, daría el visto bueno.
  • después porque “ese” pantalón 38 se convertía en el juez y verdugo de mis vaivenes con el peso.

¡Claaaaaro! Ahora que de solo leerlo me agobio, me conecto con la vivencia de stress, ansiedad, angustia y frustración que eso me proporcionaba.

Poder estar dentro de la talla 38 significaba y al parecer sigue significando que uno está estupendo, en línea (!?), que es aceptado por la sociedad, que tiene un peso “saludable”, que puede formar parte de los grupos de pares y un largo etcétera que de ningún modo contempla quiénes somos en realidad, cómo nos sentimos ni nuestra individualidad.

La etapa en que creía falsamente que era feliz porque una 38 me quedaba pintada, mi vida emocional era un desastre, mi salud estaba deteriorada, mis pensamientos hacían bucle en negativo y todo a mi alrededor pendía de alfileres. Lo cual no dejaba de ser un reflejo de como estaba por dentro y de la profunda desconexión que sufría con mi ser esencial.

Pasó mucho tiempo hasta que pude reconocer que algo no iba bien en mí; que mientras yo no diera el paso de cambiar nada cambiaría a mi alrededor por más que por fuera y según los estereotipos me calzara una talla 38.

Tomar la decisión de cambiar trastocó tanto mi vida y como un huracán arrasó con todo a su paso, haciendo que tanta incertidumbre se manifestara también en mi cuerpo. Ahora tenía una talla 42.

La salud para mi comenzó con esa decisión, con ese huracán que al llevarse todo me permitió poder sembrar en mí ideas nuevas. Caminar en búsqueda de la salud significó tomar consciencia que el peso no sólo son kilos de más o de menos sino una manifestación de nuestra emocionalidad, de nuestra aceptación y de lo que nos pasa interiormente.

El cambio no fue radical, fue de a poco, cambiando pequeñas cosas todos los días pero involucró todos los aspectos de mi vida:

  • La actividad física, que comencé a realizar todos los días,
  • La alimentación, eligiendo mis nutrientes y cocinando con amor,
  • Las relaciones con los demás, dejando atrás todo aquello que no vibraba conmigo,
  • La pareja, profundizando y apoyándome en él,
  • Actividades de recreación, descubriendo habilidades que no sabía que tenía,
  • La relación conmigo misma, a través de diferentes terapias y camino de autoconsciencia.

Luego de dos años he recobrado mi salud y no porque lo digan parámetros clínicos, sino porque me siento feliz y plena, actuando en consecuencia con quién soy y con cómo me siento.

Hoy no sé qué talla uso, voy a una tienda me pruebo un pantalón y si me gusta y me queda bien me lo compro sin sacrificar mi alimentación por ello, porque en la balanza no me compensa.

Cuido mi alimentación porque creo que guarda una estrecha relación con cómo nos sentimos y con nuestra salud, pero sin la obsesión de tener que encajar en ningún sitio ni en ninguna talla.

Cuido mi alimentación por mí y eso si me compensa siempre.

No me reprocho haber estado en ese sitio hace años atrás.

Agradezco hoy poder verlo con perspectiva y ver que es posible evolucionar y cambiar para nuestro propio beneficio y para el de los demás.

Porque si uno cambia, el entorno también cambia. Y si uno se encuentra saludable también lo refleja en su entorno aportando luz y su granito de arena.

¿Has pasado alguna vez esta situación en tu vida? ¿Sientes la presión social de “encajar”?

Te leo en comentarios,

Laura

CHARLA GRATUITA:

Por qué nos cuesta cambiar y mantener nuestros hábitos de alimentación.

5 Claves emocionales y 10 Claves Prácticas para ayudarte a cambiar tu alimentación.

¡Quiero acceso a la Charla!