Por este lado del planeta comienzan las vacaciones de verano y creo que del otro lado del charco tienen algunos días libres, por vacaciones pero de invierno. Lo que supone alguna que otra salida, comidas diferentes, caprichitos gastronómicos, viajes, relax y mucho flow.

Pero hay una cosa que me repatea (y no es mi bebé creciendo en la barriga), sino la facilidad con la que la comida basura y poco nutritiva se convierte en el capricho/premio/recompensa.

Nos repetimos casi sin pensar QUE NOS LO MERECEMOS.

Que después de:

  • Aguantar el trabajo estresante que tenemos…
  • Estar con las ojeras hasta el piso por la crianza de nuestros hijos…
  • Correr de un lado al otro y aún así no poder solucionar nuestros temas económicos…
  • Haber pasado x situaciones conflictivas…
  • Haber terminado con nuestra pareja…
  • Etc, etc, etc…

NOS MERECEMOS toda la bebida, comida y mucho más.
Cuanto más, mejor.

Y este panorama me entristece porque no sólo lo veo en adultos sino que lo replicamos con nuestros niños. Premiándoles con comida de la peor calidad por sus esfuerzos.

Ya te lo he contado en otras ocasionesLa comida es la recompensa más rápida, a mano y barata que tenemos a nuestro alcance. En ella ahogamos penas, saciamos desengaños, descargamos frustraciones, nos contamos la historia de que nos relaja y buscamos consuelo.

Pero desde ya te lo firmo que jamás buscamos un Brócoli para hacerlo, ni una Berenjena o un Espárrago.

Queremos chicha de la buenagrasaca, con bien de azúcar, muchos carbohidratos o harinas refinadas y en algunos casos incluso alcohol.

Todos estimulantes de nuestro cerebro que nos aportan bienestar a través de dopamina y endorfinas.

¿Tan malos somos por buscar el bienestar?
Claro, que no.

Lo triste de esta situación es que cuando el efecto de estas sustancias pasa, el vacío que sentimos es aún mayor.

Y encima a nuestro cuerpo les hemos dado combustible del malo y por tanto le cuesta mucho más procesar lo que está viviendo y encima no tiene energía para poder resolver o atender el problema de raíz.

¿Cuánto chocolate/helado/patatas/etc más crees que tienes que comer para llenar ese vacío? No te alcanzará una montaña.

La grasaca, el azúcar, la harina refinada nos restan energía, vuelven nuestro pensamiento espeso y pastoso, nos generan malestar y nos vuelven inflexibles a la hora de ver nuevas alternativas.

Creerás que soy una aguafiestas, pero lo que pretendo es darte la mano.

Sé que las vacaciones están para ser disfrutadas y lo gastronómico forma parte de ello, pero no puede convertirse en el centro y menos cuando se trata de comida poco saludable.

  • Un helado de la heladería de mi pueblo que hace el Manolo, bienvenido será.
  • O un trozo de la tarta de mi abuela que me la hace sólo cuando voy a visitarla, seguro me sentará estupendamente.
  • Quizás esa comida especial con mi amiga de toda la vida mientras nos contamos todas nuestras cuitas, sea un chute de energía.

La comida forma parte de mi día, pero también lo es la sonrisa de mi abuela, el amor del manolo, la charla con mi amiga.

No quieras tapar con comida los problemas, porque seguirán estando allí.

Aprovecha tus vacaciones para nutrirte de aquello que te hace bien y recarga tu cuerpo con energía y buen combustible.

Teniendo eso en tu interior, cuando vuelvas a tus rutinas y a tus desafíos cotidianos, descubrirás que las gafas con las que los miras han cambiado y verás alternativas que antes no existían.

Me despido por hoy, deseando de corazón que mi reflexión te ayude a disfrutar de tus vacaciones desde otra perspectiva.

Ahora cuéntame, ¿Es la comida parte de tu recompensa?

Te leo en comentarios,

Laura

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