Una de mis tomas de contacto más frecuentes con una cantidad variopinta de personas es en el tren cuando voy a trabajar a diario. Y una de las cosas que más me llama la atención es lo que la gente “elige” para alimentarse luego de una jornada de trabajo.

La gran mayoría va con una bolsa de gusanitos, bolsas de chuches, galletas con chocolate, patatas fritas, bollos rellenos de chocolate, el que menos algún bocadillo que se preparó en su casa y ya las raras excepciones son los que sacan una manzana o alguna otra fruta del bolso.

Mi intención no es juzgar si lo que cada uno elige está bien o mal ya que sería según mis ojos y mi experiencia, sino compartir una reflexión que a mí me ha hecho una conexión interior.

Pienso que si el azúcar es un potente adictivo, casi tanto como cualquier droga dura, ¿Qué nos pasa interiormente para que éstos alimentos se conviertan en la recompensa después de un día de trabajo?

Y me llevo la pregunta inevitablemente a mi interior y me veo en muchas situaciones de mi vida en dónde lo que hacía en el plano laboral, o el camino que transitaba en ese momento en lo afectivo no me hacían feliz, y buscaba la recompensa en “cosas” del exterior que de alguna manera me dieran aunque sea un atisbo de “satisfacción momentánea”. En ese momento no tenía capacidad de hacer otra cosa y ni siquiera de darme cuenta que lo dulce, el cigarrillo o el alcohol no iban a darme las respuestas ni las soluciones que buscaba.

Y ahora visto a la distancia me doy cuenta que en ese momento la comida no sólo era una  recompensa sino que además me controlaba. Estaba convencida que “necesitaba” ese pedazo de chocolate, o esa porción de más pero no desde el punto de vista de disfrute y placentero sino como un adicto necesita de su sustancia.

¡Y sí! el chute era real y la satisfacción también era real, solo que momentánea porque el verdadero problema seguía subyaciendo en la base. Me estaba ocupando del síntoma, atontándolo, cerrándole la boca, porque de esa manera el dolor mitigaba de a momentos.

Hoy me doy cuenta que no disponía de herramientas o quizás me faltaba tomar la decisión de hacer frente a lo que no estaba funcionando en mi vida, pero debo confesar que era más fácil echarle la culpa a todo lo de fuera y no reparar en preguntarme a mí misma que tenía yo que ver en todo lo que alrededor mío sucedía.

Cuando pude hacerme cargo de mi misma y poner consciencia en que todo lo que pasaba a mi lado era responsabilidad exclusivamente mía, la comida dejó de surtir su efecto. Ya no podía hacer de cuenta que no pasaba nada, ya no podía seguir engañándome a mí misma porque el dolor era mayor.

Mi elección fue prestar atención a qué cosas de mi entorno o de mí me generan el vacío o la ansiedad de tirarme de lleno en la comida como un modo de compensar lo que no puedo obtener de otro modo. Eso me ha permitido darle espacio a mi emoción y darme cuenta qué las activan y así poder nombrarlas, sentirlas, vivirlas sanamente y canalizarlas de una forma saludable.

Si la no resolución de una situación en los tiempos que yo quiero o considero que son los adecuados me genera ansiedad y eso me lleva a la frustración la reconozco y la atravieso dándome permiso para hacer lo que de verdad necesito que muchas veces es llorar, gritar, hablarlo con alguien que me escuche, darme una ducha, pintar, meditar, cocinar. Porque en esos actos me permito vivir la emoción en vez de solaparla o mitigarla con un “chute” pasajero de algo rápido.

Mi cambio de paradigma es que hoy puedo disfrutar de la comida porque a través de la toma de consciencia ha cambiado su sentido, no la necesito para ahogar mis penas, hoy es un medio más de placer como tantos otros.

Viviendo en la emoción, vivo en el ahora y me conecto con mi ser real.

Vivir sin necesitar la “recompensa” física de “algo” que comer me devuelve la responsabilidad de habitarme y ser responsable de mi vida y de las cosas que dejo que habiten en ella.

¿Dejas que la comida sea parte de la recompensa diaria? ¿Qué papel ocupa en tu vida? 

Te leo en comentarios,

Laura

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