Cuando hablamos de salud lo asociamos normalmente a comer bien, hacer ejercicio, descansar y por consiguiente estar sanos.

Y como siempre hablamos en función de polaridades, nos definimos según términos antagónicos; por lo tanto salud sería lo contrario a enfermedad, atribuyéndole además un valor positivo a lo primero y negativo a lo segundo. Sin embargo, la enfermedad y la sintomatología a su alrededor, son las maneras que tiene nuestro cuerpo de hablarnos y contarnos que algo en nuestro interior, tanto a nivel inmunológico como emocional, no está funcionando correctamente. Así que más que atribuirle una calificación negativa, estaría bien agradecerle que nos pueda mostrar el camino para recuperar nuestro estado de salud.

Lo que comemos, lo que pensamos, lo que sentimos y cómo se encuentre nuestro cuerpo a nivel metabólico está todo relacionado. Por lo tanto, la alimentación, tiene un papel más protagónico que el sólo llevarnos alimentos a la boca, las calorías que tengan o cuánto influyan en nuestro peso corporal.

Ese combustible y su calidad serán los responsables de hacernos pensar, sentir, actuar y que nuestro cuerpo esté sano o enfermo. ¡Vaya Papelón!

Cada uno de nosotros tiene diez veces más bacterias por cada célula en el cuerpo. Pero ya que estamos llenos de bichitos mejor que sean los buenos, los que nos dan la vida y para ello necesitamos que nuestras células estén bien alimentadas, ya que son ellas las que estarán todo el tiempo metabolizando y soltando fuera información química (flexibilidad metabólica).

Si mis células no tienen flexibilidad, se vuelven rígidas y no pueden dar información a las que están a su lado, afectando mi capacidad de cambiar, mi fluidez en el pensamiento y el sistema inmune, que es el encargado de reparar todo lo que no funcione a la perfección dentro nuestro, no puede resolver y por ende nos enfermamos.

Si nuestras membranas están fluidas, el pensamiento fluye y es abierto. No somos libres de lo que pensamos, estamos sujetos a lo que comemos y a lo que hacen nuestros bichos en el intestino. Yo no soy la que grito, grito porque me encuentro mal. El comportamiento fenotípico (el que vemos) depende de cómo estemos por dentro (metabólicamente) a nivel de salud. Si nos alimentamos mal, nos volvemos menos libres.

Un pequeño cambio produce lo más grande a nivel de salud: ir al trabajo por otra calle, sentarme en otro sitio, desayunar algo diferente. Porque al final el no cambiar retroalimenta circuitos neuronales con respecto al cuerpo, tanto buenos como patológicos. Y si nuestro cuerpo pierde la capacidad de cambio, en cuanto pase cualquier cosa en nuestra vida nos enfermamos, ya que no somos capaces de adaptarnos a ese cambio.

El sistema inmune es nuestro sentido interno, el que vela por nuestra salud y por nuestra seguridad, el que se pone en alerta siempre que haya algo tanto fuera como dentro que nos amenace.

Sus células son como agentes de policía que están dentro patrullando nuestro cuerpo vigilando que no entren patógenos y si entran poder resolver.

Hoy en día no sólo entran patógenos, sino que entran alimentos extraños (poco saludables), pensamientos, emociones,  de manera que el sistema inmune que está para salvarnos puede ser activado por mi forma de comer, mi forma de beber, tóxicos (mercurio, cadmio, aluminio), lo que respiramos, el stress emocional, la familia, los fármacos, los bichos, etc.

Quizás no vaya a poder controlar que me den una mala noticia, pero si puedo evitar fármacos, toxinas y sobre todo alimentos y bebidas, que es sobre lo que más control tenemos. Y por ello cambiar la alimentación como punto de partida puede ser una verdadera revolución.

Y en este sentido mi propuesta no es una “dieta” sino una forma de vida: entablar entre los alimentos y nosotros una relación saludable, sabiendo que nos dan los nutrientes (que no solamente las calorías) que nuestro cuerpo necesita para tener energía, vivir cada día con plenitud y ser libres para elegir lo mejor en cada momento.

Eliminar de nuestras neveras, carritos de compra y alacenas la comida procesada, los azúcares refinados, la bollería industrial y los platos precocinados es un gran primer paso.

Entre sus ingredientes encontramos más cantidad de números de los que podríamos pronunciar y es allí donde se enmascaran azúcares, sales, grasas trans y harinas que nos aportan calorías con muy pocos nutrientes y que hacen que las células de nuestro cuerpo sigan muertas de hambre y nuestro sistema inmune se ponga como loco a reparar los estragos que causan a nivel interno y por lo tanto tengamos menos energía y nos enfermemos.

Lo que te propongo es  una alimentación más acorde a nuestra evolución, haciendo hincapié en el consumo de grasas buenas (aguacates, coco, aceite de oliva, huevos ecológicos), carnes sanas y sin estabular procedentes de animales criados en libertad e hidratos de carbono naturales que nos los brindan los vegetales y las frutas.

Restringiendo el consumo del gluten, por su alto poder inflamatorio y de destrucción a nivel intestinal y neuronal, los lácteos, que por su proceso actual de fabricación sólo aportan un extracto de proteínas, grasas y azúcares que es mejor consumirlas de otras fuentes, y los azúcares refinados perfectamente reemplazables por los presentes en las frutas.

Cocinar nuestros propios alimentos, no sólo es un acto de amor propio que nos permite elegir con qué nutrirnos sino que es un acto revolucionario.

Si nos alimentamos bien, tenemos energía, ganas de crear, de imaginar y de construir, nos sentimos plenos y podemos elegir libremente. La enfermedad nos retrae, nos aísla, nos deprime, nos resta energía, y en ese estado es más difícil elegir lo mejor, porque nuestro cuerpo está ocupado en resolver la enfermedad y por lo tanto escogemos lo menos peor.

Haz un cambio hoy, que por pequeño que parezca, ya está generando una nueva ruta de pensamiento. Y si no puedes empezar por los alimentos, escoge un primer paso que te sea más sencillo. En el cambio y la flexibilidad está la salud.

Te leo en comentarios,

Laura