Tener conceptos errados acerca de la alimentación es más común de lo que crees. Nos bombardean con tanta información que es fácil perderse con el significado de alimentarse de forma “saludable” sin apegarnos a determinados productos, modas del momento, ideas o incluso dietas.

Yo hace unos años tenía el concepto que saludable era igual a hacer dietas, y por dietas me refiero a pagar a un nutricionista, no dietas propias o la de la piña, la alcachofa, ni ninguna de esas historias.

Por circunstancias del momento caí en manos de nutricionistas que tenían un pensamiento muy atrasado y unas teorías pocos beneficiosas para la salud y poco sostenibles en el tiempo.

La base era la típica restricción calórica, para un sobrepeso de 5 kilos, con pautas semanales de lo que tenías que comer, limitándose a las típicas acelgas hervidas y chuchurrias y filete a la plancha. Imaginación cero patatero.

¿Qué pasaba? Que uno asociaba salud a ese concepto de dieta que era imposible mantener más de un mes seguido sin volverse verde, aburrido y mustio.

Así que cuando me plantee seriamente sentirme mejor de ánimo, de salud y perder algunos kilos estaba super perdida. El punto de partida era romper con esos paradigmas y estructuras repetidas hasta la saciedad, pero ni idea por cuáles empezar.

Como en el entorno no encontraba nada que me sedujera, lo hice por mi cuenta. Y así fue cómo lo hice:

Empecé a seguir una serie de blogs y adopté de sus propuestas aquellas que me parecieron más lógicas y que no representaban una amenaza para mi salud:

  • Quitar alimentos procesados de mi nevera y alacena, prácticamente todo lo envasado.
  • Comer comida real y que lleve poco procesamiento más allá de la cocción: verduras, frutas, carnes, huevos, frutos secos y grasas de calidad.
  • Desterrar el azúcar y todos los alimentos que la contuvieran.
  • Reducir el consumo de gluten y lácteos.
  • Reducir el consumo de alcohol.
  • Hacer ejercicio una vez al día.
  • Beber el agua que el cuerpo me pidiera, sin forzar.
  • Ir a dormir temprano.
  • Olvidarme del peso y concentrarme en sentir las señales de mi cuerpo.

Al cambiar la cesta de la compra, empecé a dedicar un tiempo en la cocina para probar nuevas recetas que me hicieron descubrir nuevos alimentos y otras formas de prepararlos. Eso me llevó a experimentar en primera persona aquello que me sentaba bien.

Y claro! una vez que experimentas cómo te sientes cuando estás bien, es fácil identificar cuando algo te hace daño.

Y como ya te conoces en tu mejor estado entiendes que no tienes porqué sentirte mal, y por ello dejar de consumir ciertas cosas luego te resulta más sencillo.

Implantar estas pautas me devolvieron vitalidad y energía, haciéndome despertar del letargo en el que estaba. Y fue ahí cuando me di cuenta que la alimentación iba mucho más allá de los kilos y las dietas.

Un cambio en la alimentación me trajo de la mano grandes cambios a nivel emocional ya que todo lo que comía tenía una influencia en cómo funcionaban mis hormonas, mis células y en cómo a partir de ahí, funcionaba mi pensamiento y por tanto mis emociones.

Lo que más me costó al principio fue cambiar el chip y desterrar de mi nevera aquellos alimentos que no cuadraban con las pautas que me había marcado.

Experimentar en primera persona, prueba y error, y ser sincera sobre cómo me hacían sentir estas decisiones creo que fueron las claves que me confirmaron que el camino elegido era el correcto para mí.

Y puntualizo en “para mí”, porque es igual de importante encontrar una forma de alimentación con la que cada uno se sienta identificado y cómodo, pero no en el sentido de “no salgo de mi zona de confort”, sino que no nos suponga un esfuerzo titánico. Es evidente que hay un cambio y que será una revolución, pero piensa: ¿Me es sostenible en el tiempo? ¿Puedo hacerlo?

¿Cómo te das cuenta si esta alimentación que estás siguiendo es adecuada o no? Observando la respuesta de tu cuerpo y cómo te sientes. ¿Por qué? Porque te sientes con más energía y más disponibilidad.

Yo antes era de las que desayunaba una taza de leche con cereales, recetado por un nutricionista reglado, eso sí, “all-bran que tienen fibra y vas mejor al baño”.
Y al tomar eso por las mañanas, tenía que acompañarlo de 2 litros de agua de la sed que me daba. Al ser una fibra necesitaba una cantidad de agua brutal para poder ser asimilada. Y esa sensación descomunal de sed no podía ser normal; además de un bajonazo de sueño atípico.

Cuando hice el cambio y empecé a desayunar otras cosas como: una ensalada, unas tortitas, frutas o frutos secos, me encontraba con mucha más energía, mi nivel de saciedad era mayor y por supuesto que no tenía esa sed desaforada. Para mí eso significaba calidad de vida y un cambio que iba a mejor.

A veces el primer paso es el más difícil, porque uno se encuentra perdido.
Por ello es interesante que la idea que adoptemos, la pongamos en tela de juicio y observemos las respuestas en nuestro cuerpo.

Seguir un modelo o un patrón sin cuestionarnos, sin mezclarlo con quienes somos, sin hacerlo propio es imposible de seguir. Lo haremos durante un tiempo y luego lo abandonaremos.

Ni las modas, ni las imposiciones, ni que un famoso lo haga, significa que nos siente bien.

Toma la decisión de cambiar y encuentra aquello que vibre con quien eres, porque sino no tiene sentido.

Pregúntate si puedes mantener tu decisión en el tiempo y si caza con el objetivo familiar o personal. Si las respuestas son positivas entonces ponte en marcha y mantente alerta a lo que tu cuerpo tenga para contarte.

¡Gracias de corazón!

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